Theobroma

Suena como una invocación interplanetaria: Plantae, Tracheobionta, Magnoliophyta, Magnoliopsida, Dilleniidae, Malvales, Malvaceae, Byttnerioideae, Theobromeae, Theobroma, cacao. Toda esta ruta puede terminar en este pedazo de chocolate de “Porcelana Criolla”, un placer terrícola como pocos, aunque la denominación en latín augure que es la comida de los dioses. Si lo pruebas con ojos cerrados corres el riesgo de teletransportarte.


Este Porcelana Criolla es de la casa Amedei de Italia, y la tableta está numerada a mano con el 00145 de un total de 20.000.  Por supuesto tiene la cifra mágica que distingue a los chocolates de alcurnia: 70%. Su color es de un marrón profundo, y huele a frutas imprecisas. Lo pruebo en ayunas: al principio no pasa nada, pero luego el sabor se hace más complejo. El finale no es estruendoso, es más monocromático de lo esperado. Pero también es persistente, aún cuando ya no hay nada en la boca, pasa un largo rato durante el cual el Porcelana sigue allí, fantasmal, una reminiscencia.

Dicen que las habas de cacao utilizadas para hacer este chocolate (que, pese a lo dicho, no es el mejor de Amedei) provienen de unas pocas miles de matas de esta variedad que han sobrevivido cerca del lago de Maracaibo. Lo cual me lleva de regreso al inicio de este artículo, a la palabra Theobroma, y a los ácidos comentarios contenidos en un libro de esos que son como un manual de vida: “La fisiología del gusto” de Brillat Savarin.

Brillat Savarin es el que apunta en su sección sobre el chocolate que “los árboles de mejores frutos crecen a orillas del Maracaibo, en las vegas de Caracas y en la rica provincia de Sokomusco”. Agrega un comentario que no pierde vigencia: “las señoras españolas del Nuevo Mundo hasta con furor son aficionadas al chocolate”. Además recuerda que este producto, que por entonces se consumía sólo como bebida, llegó a España primero y luego cruzó a Francia con Ana de Austria, embajadores y frailes que visitaban esa corte.

Theobroma cacao es el ‘alimento de los dioses’. “Se ha intentado hallar el porqué de calificación tan enfática”, dice al referirse a la clasificación científica del cacao, realizada en 1753 por el botánico sueco Carl Linneo, quien en un arranque de genialidad había creado el sistema taxonómico que nos permite identificar las especies.

La explicación de Brillat Savarin, muy confiado, es que “unos atribuyen la causa a que este sabio amaba el chocolate con pasión, otros al deseo que tenía de agradar a su confesor, y otros, por último, a su galantería, habiendo sido una reina la que primero lo dió a conocer”, a lo cual agrega “(Incertum)”.

La explicación más habitual, sin embargo, es que Linneo, quien había subdividido los reinos en clases, las clases en órdenes, los órdenes en familias, las familias en géneros y los géneros en especies (Wikicultura), había oído hablar de la veneración al cacao y su producto el chocolate en la América meridional, de donde provenía.

En busca de otras explicaciones, aparecen textos como este: “las almendras del cacao son pingues y algo amargas, nutritivas, afrodisíacas y calientes, mayormente tostadas; y su manteca es útil en las grietas de los pechos. Son el principal ingrediente del chocolate y por tener el gusto tan deleytable se dio a la planta el nombre de Theobroma, que significa comida de dios”.

“Origen de profundas disertaciones ha sido el chocolate”, recuerda Brillat Savarin.  “…el chocolate, hecho con esmero, es alimento tan sano como agradable, nutritivo, de fácil digestión, careciendo de los inconvenientes para la belleza que al café se atribuyen, los cuales por la inversa curan; que conviene mucho a personas dedicadas a trabajos de cabeza, a tareas de la cátedra o del foro, y sobre todo a viajeros; que fortifica hasta los estómagos debilísimos, que ha producido buenos resultados en las afecciones crónicas y que se presenta como último recurso para padecimientos del píloro”. Por suerte no tengo internet para googlear ‘píloro’.

El segundo trocito de Porcelana es aún más sensual. El chocolate le gustaba mucho a los frailes, según Brillat Savarin, aunque se refería sólo a la bebida pues faltaba algún tiempo para que se inventaran las barras, y más aún para la aparición de estas tabletas de altísima calidad.

Al final, después que el Porcelana ya ha desparecido hace un momento de la boca, cuando la persistencia de su sabor está a punto de abandonarnos, aparece una fruta ácida. Y ganas de dar un beso.

(Nota de producción: no sabría dónde comprar este chocolate en Sudamérica, pero tal vez se pueda encargar por internet. El comentario sobre que no es lo máximo de Amedei, se debe a que esta fabrica de Toscana produce uno que según algunos especialistas -y estoy de acuerdo- es la mejor tableta del mundo, el Chuao. Pero esa es otra historia)

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