Adriá en la gran ciudad

David Monniaux, Wikimedia Commons. Ndr: ¿apetitosa?
David Monniaux, Wikimedia Commons. Ndr: ¿apetitosa?
David Monniaux, Wikimedia Commons. Ndr: ¿apetitosa?

Cuenta la leyenda que Ferrán Adriá es el chef más famoso del mundo. Quizás por eso cuando visita a Nueva York para presentar un libro su nombre aparece mencionado en diversos rincones del principal diario de la ciudad. Uno de los cronistas, además, lo ha invitado a su casa, y no para cenar, sino para cocinar. Estrellato derramado. El periodista Allen Salkin logra que acepte y el resultado es “Mi cena con Adriá”, un interesante episodio de la alta culinaria.

“El chef más grande del mundo estaba en mi humilde cocina…”, recuerda Salkin en la crónica del The New York Times, preparando una comida de siete platillos. Pero el periodista no está en su día: es religioso, y por lo tanto no probó bocado pues era Yom Kippur.

El reportero consiguió algo inesperado: el chef parece humanizado, es decir no tanto como un frío manipulador de alimentos que aclama la crítica internacional y la élite que lo ha degustado por su inventiva y audacia, sino como un cocinero que prepara comida para que la gente coma, disfrute y se alimente. La crónica empieza en el mercado chino. Luego la cena, pescado, huevos, queso, hongos, camarones. “Este es un lenguaje que conocemos”, dice Adriá. Y advierte que en su ultrafamoso restaurante, El Bulli, “creamos un lenguaje que no era conocido por nadie”.

Salkin invitó a comer al equipo de filmación en video, a su empleada de la casa y a un amigo. Al final, el periodista aparece como un personaje muy interesante. “Parecía arrepentido por haber aceptado cocinar fuera de los confines de El Bulli”, comenta. Justo antes de irse, Adriá le pide escribir al final del artículo: “Ferrán dejó muy en claro que este tipo de entrevista no se repetirá nunca jamás”.

Pero el texto continúa. La conversación con el rabino que le impide violar el Yom Kippur y le advierte “esta es una prueba para ti”. Luego el verdadero final del artículo, cuando la influencia religiosa se ha disipado por la hora y Salkin, quien en su blog aparece retratado como un tipo definitivamente gracioso, ataca las sobras y elige un ostión con salsa de maracuyá ya cuajada por el frío. “Ácido e inesperado, tenía un sabor delicioso”, concluye. Suena bien.

Además de la cena con el reportero, el chef aceptó responder preguntas de los lectores de NYTimes. La verdad, sus respuestas fueron un poco parcas. ¿Hasta dónde llegará su simpatía? También dice cosas que te dejan pensando, porque responde la primera pregunta: “Yo cocino lo que me gusta comer y después comparto eso con la gente que viene a mi restaurante”. Es como para ponerlo en duda, el menú de su restaurante será revolucionario pero no suena muy apetitoso. Aunque si, este es un comentario personal. Mucho menos para todos los días, agrego otra vez subjetivamente.

Después Adriá toma otro rumbo pues asegura que ‘Spanish potato omelete’, que suponemos es tortilla española de patatas en versión de traductor de NYTimes, “es uno de los mejores preparaciones que una persona puede comer”. (traducido del inglés)

El viaje siguió en Toronto. El libro que presenta es “Un día en la vida de El Bulli”. En entrevista con la agencia Reuters, le preguntan de nuevo qué come, pues parece que todo el mundo quisiera saber si realmente él mismo come sus deconstrucciones, y dice que él y su personal consumen normalmente “comida tradicional, paella, gazpacho, spaghetti bolognesa, sólo comida normal”.

No he ido a El Bulli ni creo que vaya (además, es casi imposible). Cuando oigo hablar del uso de tecnología, de deconstrucciones, de fórmulas químicas, de ricos y famosos haciendo colas transoceánicas para conseguir una silla… Todos los argumentos sobre la innovación, la evolución y el futuro son válidos. Pero también lo es que muchos prefieran una cocina que suene menos intervenida, más generosa. El debate sobre este tema, también forma parte del repertorio de nuestros tiempos. Quizás porque el propio Adriá parece empeñado en darle un contenido extra culinario a lo que hace. Ya lo hizo cuando dijo que la cocina es un lenguaje, lo cual suena muy bien. Y sobre su propia actividad agregó: “Se crea un lenguaje propio cada vez más codificado, que en algunas ocasiones establece relaciones con el mundo y el lenguaje del arte”. No sé.

A veces pienso que con esta cocina tan extrema, sea o no molecular, ocurre lo mismo que con la alta costura, y no está hecha para comer, sino para ver y asombrar. Es otro tipo de placer. Y creo que puede gustarle más a un aficionado a las pasarelas o a un consumidor de diseño italiano o a un yuppie de la bolsa como el American Psycho (¿aún hay?) que a un sibarita, gourmet o simple buen diente.

Quienes si quieran ir a El Bulli, sin embargo, deben apurarse. La temporada de reservas está abierta hasta el 16 de octubre. Es decir, ya casi cerró al publicar esta nota. Cuenta otra leyenda que llegan dos millones de pedidos, pero sólo aprueban unos pocos miles. Setenta personas están empleadas para darles de comer durante las noches del verano.

Aquellos que no tengan la precaución de reservar siempre pueden ir a los restaurantes vecinos. Un artículo de guía que acaba de aparecer en The Times para los desprevenidos, sugiere que en otros lugares se come bastante bien, aunque tengan mucha menos innovación.

El sitio web de El Bulli está muy bien, por cierto: http://www.elbulli.com
por Luis Córdova

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